Por Consuelo Bravo
Directora del Magíster en Arquitectura del Paisaje UC
Opinión: Una de las principales razones del déficit de áreas verdes que tenemos es nuestra falta de interés y participación, que nos lleva a actuar como si la provisión de éstas fuera de responsabilidad de otros. Tenemos el paisaje que nos merecemos, sólo mejoraremos nuestra calidad de vida urbana cuando comencemos a entender la ciudad como un espacio que nos pertenece.
Ciudad Paisaje Propio
Desgraciadamente no basta con apreciar nuestro paisaje circundante e incorporarlo como si fuera nuestro para que la Organización Mundial de la Salud lo contabilice como metros cuadrados de áreas verdes, la letra chica especifica que ésta debe estar a una distancia máxima de quince minutos caminando. La tarea es titánica, ya que de los 2,6 metros cuadrados contabilizados como área verde por habitante en Santiago, no es claro cuál es su calidad o si es posible siquiera pensar en estos espacios ya agregados como áreas verdes. Uno de los primeros desafíos que tenemos como ciudadanos urbanos no es sólo velar por cumplir estándares internacionales, sino que cuidar por nuestra calidad de vida, entender que lo que pasa en la ciudad es un reflejo de nuestra dedicación.
Podríamos decir que si nuestra imagen personal es una proyección de lo que comemos, nuestros espacios públicos son un reflejo de nuestra participación y preocupación por ellos. Recuerdo que la importancia por tener esta dedicación por nuestra ciudad se me hizo evidente una tarde paseando por Beacon Hill en Boston. A pocos pasos delante de mí caminaba una señora de unos 65 años, alta y distinguida, como modelo de una fotografía publicitaria de Chanel. Era una tarde de otoño en la que las hojas de los robles ya cubrían las calles y veredas, entonces veo que esta señora se agacha, recoge algo y lo guarda en una bolsa plástica que llevaba en su mano. Pensé que habría recogido alguna hoja de color especial, pero unos pasos más adelante veo que se agacha nuevamente, y que lo que recoge no eran hojas sino que era una basurita, algo así como un envoltorio plástico de caramelo, nada que afeara especialmente la calle pero que a ella le molesto que estuviera en su calle. A poco andar entró a su departamento y no supe más de ella.
Recuerdo esta escena como una lección importante, no sólo de urbanidad sino que de civilidad. Para esta señora lo que ocurría puertas afuera de su casa era de su incumbencia; la calle era también suya y ella no estaba dispuesta a esperar que aseo y ornato fuera a barrer, sino que se agachaba y limpiaba si eso era necesario para que la calidad de vida en su barrio fuera del estándar esperado por ella. ¿Cuál es nuestro desafío? Podemos llorar la pena de tener sólo 2,6 metros cuadrados de áreas verdes por habitante, con la esperanza que inmobiliarias, ministerios o municipios nos rescaten, se hagan cargo y nos entreguen lo que es justo, o podemos imaginar la ciudad y paisaje que nos merecemos y construirlo nosotros mismos, con la creencia que la ciudad es nuestro paisaje propio.
















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