Por Carolna Contreras, Docente Arquitectura y Urbanismo PUC
Poco se sabe sobre la disposición final de residuos en nuestras ciudades. Iniciativas recientes nos han alentado a clasificar nuestra basura, lo cual suponemos aliviará el impacto de nuestras aglomeraciones sobre el medio ambiente. Y es cierto, en las periferias de nuestras urbes, cuando no en su interior, existen impresionantes cavidades destinadas a recibir todo aquello que desechamos y que no logramos reutilizar. Pero incluso estos volúmenes de material descartado, verdaderas topografías artificiales, han sido reinterpretados, o bien “reciclados”, en distintas épocas y culturas, para albergar las más diversas actividades (miradores, memoriales, parques urbanos, etc…) sin que estos usos guarden demasiada relación con la naturaleza del terreno que los soporta.
Pero, ¿qué haremos nosotros con el importante volumen de escombros que nos ha dejado el reciente terremoto en varias localidades de nuestro país?
Lamentablemente, la práctica que se ha podido observar en las últimas semanas no dista demasiado de las prácticas habituales en el ámbito de la construcción al demoler una edificación: DERRIBAR + TRASLADAR + DISPONER. Todo esto, con el agravante de que al no tratarse de basura orgánica, es decir, carente de la emanación de gases, resulta muy fácil improvisar una serie de botaderos informales, los cuales permanecerán invisibles para el común de los ciudadanos.
La propuesta de convertir estos grandes volúmenes de escombro en relleno disponible para futuras transformaciones topográficas, ya sean de carácter funcional (defensas costeras), recreacional o conmemorativo debe ser analizado desde la perspectiva del costo alternativo que implica seguir operando de la manera en se opera hoy.
A modo de estimación inicial podríamos sugerir lo siguiente, en relación a costos económicos y medioambientales:
Encontrar una localización adecuada donde acopiar el material retirado podría abaratar o racionalizar los costos de traslado a la vez que disminuir las emisiones de C02 relativas a estos desplazamientos.
Elegir un sólo lugar de acopio permitiría usos alternativos en los sitios que actualmente son destinados a botaderos ilegales, rescatándolos de su posible contaminación y empobrecimiento del suelo.
La disposición final del material acopiado contaría con una localización planificada, con el sello, la compactación y contención necesaria, impidiendo su desmoronamiento y protegiendo la calidad del suelo subyacente.
Contener, compactar y sellar los volúmenes de escombros acumulados resulta más caro, en el corto plazo, que dispersarlos en botaderos ilegales.
Disponer escombros en vertederos oficiales podría sobrecargar un sistema que está diseñado para manejar residuos más agresivos para el medioambiente que los materiales de construcción. Un vertedero de escombros, dependiendo de la naturaleza de sus residuos, tendría menos requerimientos técnicos que uno diseñado para recibir residuos domiciliarios.
En definitiva, parece urgente evaluar de manera rigurosa los puntos aquí estimados con el fin de influir en las decisiones de las autoridades. Actuar de manera coordinada y sustentable frente a este problema, podría representar una gran oportunidad para el proceso de reconstrucción de nuestras ciudades.




















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