
Foto via División de Estudios y Desarrollo – Subtrans en Flickr
por Emilio De la Cerda / Arquitecto OWAR
El reciente terremoto ha transformado el problema de la forma construida en una urgencia. Como pocas veces, la escala de la necesidad pareciera exhortar a distintas disciplinas a asumir un rol definido en la recuperación de las áreas afectadas, ya sea a través de una labor de diagnóstico, ya sea en la propuesta de modelos capaces de adelantarse primero al invierno y luego a las complejas condicionantes de la localización, el clima, el uso, los recursos o la tradición. Esta inesperada coyuntura plantea, por otra parte, una especie de examen de grado donde deberán medirse la madurez y la pertinencia no solo de las estrategias trazadas sino de los métodos a través de los cuales pretendamos hacerlas efectivas y de los supuestos que éstas encierran.
Entre los múltiples flancos abiertos, uno de los que ha definido posiciones más claras hasta el momento, aunque no por ello coincidentes, ha sido el que respecta a la condición material con que debería pensarse la reconstrucción de las zonas dañadas. Este debate, al estar centrado principalmente en si debe o no darse el tiro de gracia a la tradición constructiva del adobe – confinando su uso a aquellos inmuebles patrimoniales singulares que por su condición de monumentos no resistirían la aplicación de técnicas nuevas o falsos históricos – , ha descuidado un tópico igualmente central, aquel referido a cómo construir.
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