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Intervenir un paisaje tan majestuoso como la Cordillera de los Andes requiere hacerlo con gran respeto y sensibilidad, ya que es una situación exigente. La cordillera, un vacío sin habitar, pero una gran superficie con vida propia, siempre cambiante con una fuerza única, donde el cielo con el paso de las nubes nos envuelve variando de opaco a brillante o tiñendo con toda la gama de colores los mantos nevados. El sol nos regala así todas las posibilidades de la luz que acompañan su recorrido y nos identifican las actividades que se desarrollan a lo largo del día. La obra se ubica en uno de los bordes del pequeño poblado cordillerano de La Parva, con el campo nevado esquiable donde se sale a tomar los andariveles que conectan con las canchas de ski más altas y donde en la tarde se vuelve a sus refugios. Por lo tanto, la obra acompaña con su juego de volúmenes, con su luz y sombra, ese dialogo que pretende conjugarse con el medio que la contiene. Ver más Ver descripción completa
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