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Frente a la colina de la Alhambra y del Generalife, el cerro de San Miguel enmarca el último tramo del valle del Darro y de su Vega. Se trata de un paisaje absolutamente próximo y vinculado a la ciudad, natural y salvaje a la vez, pero convertido en espacio residual, casi marginal, en el que se acumulaba toda clase de basura y escombros. Es también un espacio de transición hacia la ciudad nueva, una ciudad hecha de casas adosadas que toca levemente, en medio de su desorden, los restos incompletos, fracturados de la muralla nazarí. El vacío del Cerro del San Miguel es una articulación entre dos territorios, una loma desnuda que, cargada de tiempo y de historia, vincula la ciudad a su geografía. Lo que representaba un límite defensivo y organizativo de la ciudad ha cambiado por completo de significado y, sin embargo, sigue sirviendo como guía de lectura de un modelo urbano. El proyecto preserva este paisaje, necesario para la comprensión de la ciudad en la estructura montañosa que la determina, acometiendo una limpieza conceptual y física de su entorno. Para ello, se sustituye la acumulación de deshechos por plantaciones de pitas y chumberas, restaurando también la fachada de la Ermita de San Miguel Alto y mejorando las comunicaciones que la conectan con la ciudad. De este modo, se restaura el empedrado en aquellos tramos donde existía, se emplea un pavimento blando de tierra apisonada en las zonas carentes de pavimentación y se resuelve mediante escalinatas de piedra los tramos de mayor desnivel. Ver más Ver descripción completa
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