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Una figura artificial, una especie de portal, se vislumbra a lo lejos. Un muro blanco. Un dintel gris sobre el que descansa un plano semitransparente que deja entrever el horizonte. Ésta es la visión que ofrece la residencia DIMO al acceder a la finca desde el automóvil. Un elemento geométrico que sugiere una clara intención de enmarcar el paisaje natural, orgánico, colorido, tropical.   Es sólo en la cercanía cuando se nos revela su tridimensionalidad. Aquel aparente plano es en realidad un conjunto de muros y paralelepípedos que albergan y organizan de un modo muy preciso el programa de la casa. Un muro que discurre en dirección norte-sur resulta ser el cerramiento del garaje y la cocina, que oculta el volumen que aloja el programa auxiliar y del servicio. Otro, dispuesto en dirección este-oeste, establece una gradación de mayor privacidad a medida que lo atravesamos. Estos dos muros principales son a veces recortados y desplazados en paralelo para permitir el paso de la luz o una mirada indirecta; otras, aparecen revestidos de vegetación o piedra para separar diferentes ámbitos. Ambos confluyen perpendicularmente en un espacio adintelado, abierto y cubierto que funciona como lugar de recepción. Se trata del vestíbulo de la casa sobre el que descansa, casi pareciera flotar, el piano nobile. En este nivel se sitúa el dormitorio principal, así como las dobles alturas que descomprimen los ámbitos del comedor y el den de las habitaciones. Este pórtico sirve de transición, de charnela, entre la zona de día, al oeste, y la parte más íntima del programa, los dormitorios, al este.  Ver más Ver descripción completa
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