Espacios feriales: cómo la flexibilidad permite hacer frente a los virus

Espacios feriales: cómo la flexibilidad permite hacer frente a los virus

José Javier Alayón González, Dr. Arquitecto y profesor asistente TC del departamento de Arquitectura de la Pontificia Universidad Javeriana nos comparte en el siguiente artículo su perspectiva con respecto a los recintos feriales y como estos se adaptan circunstancialmente.

A mediados del siglo XIX, las sociedades industrializadas crearon un nuevo modo de comercialización. Bajo una sola e inmensa cubierta, que para la arquitectura solían ser hitos constructivos, se mostraban los más variopintos productos a una marabunta de gentes diversas. Esta nueva tipología expositiva-ferial era resultado del fructífero entendimiento con la ingeniería: mayores distancias entre apoyos, mayores alturas, más transparencia, más prefabricación, más rapidez.

Dentro de un edificio totalmente transparente, el pionero Crystal Palace del ingeniero y jardinero Joseph Paxton, el gobierno británico comenzaba a ensayar en 1851 nuevas formas de educación y vigilancia en una sociedad cada vez más urbana. La densificación de las ciudades implicaba unas normas de convivencia que regulaban desde el consumo de alcohol hasta los modos de vestir en vía pública. Poca cosa ha cambiado desde la época victoriana. Cincuenta años más tarde, en la entrada de la exposición Panamericana de 1901, un cartel advertía: “Por favor, recuerde que cuando atraviese las puertas, es parte del espectáculo".

Estos eventos se bautizaron como exposiciones cuando se realizaban de manera excepcional o ferias, cuando se repetían periódicamente. Se basaban —y así sigue siendo— en la muestra de productos y servicios a un amplio público que, hasta la expansión de la WWW, era un escaparate muy eficaz. Los gobiernos nacionales enseguida entendieron las virtudes y oportunidades de ese gran escenario que, a diferencia del punitivo panóptico, ampliaba la vigilancia a toda la comunidad. Un control ejercido en un espacio transparente, opuesto a la opacidad de los espacios carcelarios que analizó Foucault en su conocido libro Vigilar y  Castigar, de 1975. En estos modernos y luminosos salones que permitían la concurrencia masiva, la misma sociedad ejercería junto a las autoridades la supervisión ciudadana, autorregulándose en la vitrina del progreso.

Así, los recintos feriales facilitaron que el gran público accediera a los avances tecnológicos y culturales de una manera más democrática y directa. De hecho, en el origen de la sociedad de consumo, están estos eventos que en el siglo XX impulsaron el turismo de masas y globalizaron modos de vida. La Covid-19 ha puesto bajo la lupa muchos de estos temas y, sin duda alguna, educación, vigilancia, convivencia, consumo y turismo serán distintos.

Las arquitecturas donde cumplimos nuestras “condenas” de confinamiento, de repente, se han hecho más presente. La desaceleración nos ha acercado las paredes y puesto frente al espejo como individuos y como sociedad. Nuestras trincheras residenciales han llamado nuevamente la atención de arquitectos y muchas otras profesiones, sobre la precariedad en la que vive la mayor parte de los habitantes del planeta, incluso en sociedades y economías desarrolladas. Recordemos que una de las raíces más profundas de la modernidad arquitectónica buscaba resolver la insalubridad de las viviendas de la era industrial y sus pandemias. Hoy, esta súbita revelación —como si no hubiese hecho falta el sol en las viviendas antes de la cuarentena—, es un tema clave a resolver en un futuro inmediato.

Pero aquí, donde queremos poner el foco, es justamente en la escala contraria, en la colectiva. Específicamente, en ese espacio ferial donde solíamos exponernos como sociedad, tecnológica y culturalmente. Estos recintos nacidos para el mercadeo fueron incluidos por Tony Bennett, en su “The exhibitionary complex” (1988), dentro del entramado estatal para controlar y educar las sociedades desde el s. XIX. El interesante texto amplía otro suyo sobre el nacimiento de las instituciones museísticas, las cuales surgieron en paralelo a las primeras exposiciones universales que, a su vez, nutrieron parte de sus colecciones. Luego, cada una se fue especializando y diferenciando hasta hoy día, cuando las cuarentenas cerraron prácticamente todo.

No obstante, la emergencia sanitaria obligó a reabrir primero, y con otros objetivos, los recintos feriales. Las primeras imágenes de IFEMA en Madrid, con sus centenares de camas desplegadas en menos de 30 horas nos hacía caer en cuenta en la dimensión de la emergencia sanitaria y en cómo la arquitectura flexible respondía convirtiéndose temporalmente en hospitales.

Los cubículos de pocos metros cuadrados bajo un techo a mucha distancia de los cuerpos convalecientes, nos mostraba la doble escala del hospital de campaña. Por un lado, la horizontalidad del paciente acostado, con una perspectiva inesperadamente privilegiada de esta cubierta heroica. Por otro, la verticalidad del Estado que le sobrevuela, sanándonos y aislándonos para no seguir contagiando. Auscultación y supervisión en un solo espacio.

Cortesía de José Javier Alayon González
Cortesía de José Javier Alayon González

Varios países replicaron, y replicarán, aquellas infraestructuras sanitarias desbordadas, abandonadas o inexistentes en estas arquitecturas flexibles. Ciudades latinoamericanas como Bogotá en Corferias o Buenos Aires en Tecnópolis, se adelantaron al temido colapso o saturación de sus hospitales convencionales, distribuyendo camas, respiradores y personal médico en estas superficies diáfanas. Mismas personas y aparatos de una feria del sector de la salud, donde ahora los enfermos expuestos son, dramáticamente, reales, son las ferias del virus.

Cortesía de José Javier Alayon González
Cortesía de José Javier Alayon González

Otros espacios y equipamientos públicos o de uso colectivo, diseñados para el deporte y la exhibición de cuerpos atléticos y sanos, han devenido también en hospitales y morgues improvisadas. El Palacio de Hielo en Madrid o el Estadio Maracaná en Río de Janeiro, entre otros, ahora exhiben la fragilidad y decrepitud de nuestras carnes enfermas o inertes. El Modulor que Le Corbusier dibujó para el hospital de Venecia en 1965 ya no tenía fuerzas para alzar el brazo. Seguimos siendo parte del espectáculo, pero detrás de mamparas o ataúdes. Lo individual y lo íntimo, en las antípodas de la escala pública y colectiva del espacio ferial, quedan como otras víctimas de esta tragedia. Las leyes de protección de datos nos han librado de ver imágenes dantescas, pero se ha difundido suficiente información para convencer a la población del peligro latente, para educarnos.

Esta pandemia, como escribió Paul B. Preciado en el diario El País (Madrid, 28 de marzo 2020), ha movido las fronteras de los estados soberanos hasta la puerta de nuestra vivienda. Detrás de ella, solo las delgadas barreras de la mascarilla y la piel nos protegen. Nuestra epidermis es el último bastión de defensa, recordándonos su importancia para filtrar nuestra relación con el exterior. Las envolventes de la arquitectura hacen, o deberían hacer, lo mismo.

Como profesor de Proyectos Arquitectónicos, uno de los objetivos mas tempranos en la formación de mis alumnos es que tomen consciencia y medida de la escala humana. De cómo nuestros cuerpos establecen relaciones de proporción con los espacios que habitamos. Ahora, con una educación mediatizada por la pantalla, las clases remotas nos retan doblemente a profesores y alumnos. ¿Cómo enseñar y aprender a la distancia una disciplina para el habitar de los cuerpos en un mundo real, no virtual?

En la primera sesión de mis cursos, regalaba a mis alumnos —metafóricamente— unas gafas para que miraran detalladamente el mundo, utilizando el cerebro. Mirar es más que ver a través del nervio óptico. De repente, la pantalla que antes los evadía de la clase, se ha convertido en ella misma. El mundo, a través de ese rectángulo, salta de escala indiscriminadamente con el zoom-in/zoom-out, mientras que el scroll nos cambia de imagen, plano o texto antes de poder pestañear.

Cortesía de José Javier Alayon González
Cortesía de José Javier Alayon González

La migración forzada y acelerada en la mayoría de los casos al teletrabajo, a la teleenseñanza y al teleaprendizaje seguirá con nosotros. Ya veremos en qué proporción frente a la presencialidad. Lo cierto es que será un nuevo paso en la vigilancia que establecemos y aceptamos como sociedades. Todo queda registrado en la mediación de la plataforma que usamos. En paralelo, la flexibilidad seguirá siendo el mantra que se nos exija colectiva e individualmente, a veces llamada eufemísticamente resiliencia. ¿Cuán resiliente puede ser una comunidad sin recursos, cuánto más un cuerpo envejecido o enfermo?

Y la arquitectura y sus espacios, ¿pueden ser flexibles? Sí, deberían serlo, es aquí mi respuesta enfática. Una arquitectura fácilmente adaptativa, pública y privada, seguramente hará que nosotros podamos serlo también sin renunciar a tantas libertades. Vuelvo a la escala ferial para recordar lo que nos ha demostrado a lo largo de casi dos siglos albergando eventos diversos y pasajeros. Como estudioso del urbanismo y la arquitectura de exposiciones de mediados del siglo pasado en Latinoamérica, destaco su servicio como discretos escenarios donde se nos mostraron y vendieron productos e ideas de todo tipo. Ahora, también nos curan convertidos en espacios sanitarios, mientras los museos, escuelas o aeropuertos siguen cerrados.

Este virus microscópico, como han hecho otros en la historia de la humanidad, nos ha amplificado como sociedad globalizada. Lo invisible asusta y el Covid-19 ha sido capaz de acorralarnos. Personalmente, dudo de las soluciones expeditas de tabula rasa para nuestros modos de vida, aunque no todos vivamos de la misma manera, aunque no todos tengamos la misma elasticidad. Obviamente, todas son francamente mejorables, pero deberemos buscar soluciones colectivas e individuales antes de tirar todo al traste. Tendremos que ver, mejor mirar detenidamente, qué nos sirve, incluso qué podemos recuperar de la historia. La arquitectura deberá ser flexible para que, además de poder exhibirnos y protegernos, podamos auscultarnos como sociedad, constantemente, no solo en pandemia.

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Sobre este autor/a
Cita: José Javier Alayón González. "Espacios feriales: cómo la flexibilidad permite hacer frente a los virus" 04 jun 2020. Plataforma Arquitectura. Accedido el . <https://www.plataformaarquitectura.cl/cl/940873/espacios-feriales-como-la-flexibilidad-permite-hacer-frente-a-los-virus> ISSN 0719-8914

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