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A un observador contemporáneo, las líneas fluidas y la ornamentación de carácter naturalista del Art Nouveau pueden no parecerle particularmente radicales. Para algunos, el Art Nouveau puede incluso ser considerado como un último suspiro del Clasicismo del siglo XIX, una etapa previa a la aparición del inconfundible Art Decó moderno y los estilos internacionales. La Casa van Eetvelde, diseñada en 1897 por Victor Horta -arquitecto considerado padre del Art Nouveau- sugiere una historia diferente. Con su estrategia espacial y el uso expresivo de nuevos materiales industriales, la Casa van Eetvelde es un testimonio claro de cómo la innovación caracterizó a este "Arte Nuevo". El 17 de diciembre de 1865, Leopoldo II subiría al trono y se convertiría en el Rey de los belgas. Desde el comienzo de su reinado, Leopoldo persiguió grandes planes entorno a la revitalización de Bruselas, capital belga. Respaldado por el poder (y fondos ocasionales) de la corona, las elegantes avenidas, los cuidados parques y los majestuosos museos comenzaron a proliferar en toda la ciudad. Fue una transformación no muy distinta a la que el barón Haussmann y Napoleón III habían realizado en París durante las dos décadas anteriores, aunque con una distinción clave: mientras que las viviendas en París se definían como bloques de apartamentos monolíticos estéticamente uniformes, la floreciente clase media de Bruselas preferiría las casas privadas, diseñadas individualmente para destacar de forma expresiva de las de sus vecinos. El resultado, aunque no menos impresionante que las ordenadas fachadas parisinas, fue de una extrema heterogeneidad.[1] Ver más Ver descripción completa
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