La religión de la ciudad: automóviles, transporte público y coronavirus

La religión de la ciudad: automóviles, transporte público y coronavirus

La religión es una realidad exclusivamente humana como son las ciudades. A medida que salimos de nuestras espacios de confinamiento, las ciudades silenciosas y los lugares de culto volverán a ser humanos, frente al presente recuerdo de lo que alguna vez fueron.

Nos recuperaremos de otra realidad humana: la pandemia y cuando lo hagamos nos veremos obligados a abordar algunas interrogantes. Antes de este siglo, el automóvil era visto como la forma en que los estadounidenses podían crear una nueva realidad: una enorme clase media que podía controlar su vida utilizando la libertad que les daban los automóviles para ir a donde quisieran, cuando quisieran y para vivir donde quisieran. Antes del confinamiento, esa visión de lo que significaban los automóviles para nuestra cultura estaba cambiando, específicamente en las ciudades.

El transporte público –elemento vital de muchas ciudades–, es considerado un bien universal como la dirección inevitable que toda la humanidad debe seguir. La crisis climática significó que cuantas más personas viajaban juntas, se creaba menos carbono. Así que el transporte masivo fue una respuesta, hasta que su uso infectó a millones de personas con el coronavirus.

Sin embargo, el transporte público es solo una forma de luchar contra la crisis climática, se pueden recrear ciudades para “vivir, trabajar, aprender y jugar” en una comunidad, con cientos de estos lugares entretejidos dentro de las comunidades existentes. Durante una generación, el urbanista Jeff Speck abogó por la creación de "Ciudades transitables" como el futuro de la vida urbana si redujáramos nuestra huella de carbono y afirmáramos el control estético de nuestro medio ambiente a partir de la creación con fines de lucro de distritos de zonificación segregados y torres residenciales en nuestras ciudades.

En esa receta completa de un movimiento para alejarse de la vida en los suburbios y en los rascacielos, John Massengale escribió un excelente libro titulado Street Design: The Secret to Great Cities and Towns en 2014 con Victor Dover (incluso tenía un prólogo de Su Alteza Real el Príncipe de ¡Gales!) en donde ofreció un futuro plenamente formado, tanto en el sentido común como en la experiencia estética. Aquí, los coches se ven totalmente subordinados en nuestras ciudades, con ejemplos plenamente realizados en Europa proyectados como nuestro futuro. Sin embargo, el mundo ha llegado a un momento de cambio y estas visiones también cambiarán.

Es evidente el denominador común de los últimos 40 años de replanteamiento urbano a la luz de la crisis climática así como los fracasos de las ciudades centralizadas y funcionalmente segregadas. En el siglo pasado, las ciudades fueron destruidas para permitir el flujo ilimitados de automóviles. Estas brutalizaciones inhumanas, peligrosas y horribles de nuestras ciudades demostraron sin lugar a dudas que los coches son el Gran Satán. Pero la ideología a menudo choca con las realidades culturales. Con fervor religioso, el Nuevo Urbanismo se ha imaginado con los automóviles como males necesarios y las ciudades cambiando para limitar su impacto.

Sin embargo, todas las religiones se enfrentan con la realidad en la que existen. Después de la Segunda Guerra Mundial, la religión estadounidense fue vista como esencial, necesaria y completamente integrada en nuestra cultura con más del 75% de la población comprometida con ella. Ahora, ese interés se está reduciendo a la mitad, creo que un mundo pospandémico creará aún más cambios para nuestras ciudades y religión.

Las necesidades humanas no cambian, pero los valores humanos sí. La devoción extrema por los automóviles y la religión de mediados del siglo XX se ha revertido, pero creo que el punto y final en gran parte de nuestras vidas del siglo XXI causado por la pandemia ha provocado que muchos se replanteen. Como anécdota, los lugares de culto, a los que se les prohibió en gran medida el funcionamiento tradicional durante un año, están cambiando, no muriendo. Los edificios construidos para ser centrales en nuestras vidas, los espacios sagrados religiosos se consideran menos esenciales, no solo porque menos personas se dedican al culto tradicional, sino que se demuestra que reunirse en un edificio no es esencial después de que el confinamiento lo impidió, pero las iglesias sobrevivieron... Creo que la relación entre nuestras ciudades, los automóviles y el transporte público también cambiará con la pandemia y, por cierto, los automóviles también están evolucionando, ya no pueden ser enviados al cenicero de la planificación urbana como se preveía antes de la pandemia.

En este siglo, las ciudades están haciendo grandes esfuerzos para limitar el uso del automóvil dentro de sus fronteras, pero el total de millas recorridas en las carreteras estadounidenses aumentaba antes de la pandemia (y lo ha hecho año tras año) después de una caída causada por la Gran Recesión, a pesar de que vecindarios enteros se están volviendo solo para peatones.

Pero Manhattan, el epicentro tanto del coronavirus como del tránsito masivo, ha visto un aumento en el uso de automóviles y un cráter de uso del tránsito masivo a medida que las personas necesitan viajar, pero les aterroriza abordar el metro o los autobuses siendo que algunos lugares están demasiado lejos para caminar. Muchas ciudades como New Haven y San Francisco han tomado medidas dramáticas para desalentar el uso del automóvil, incluidos los esfuerzos extensos de "calmar el tráfico" en un momento en el que la alternativa al uso del transporte público de riesgo son, de hecho, los automóviles. Eso significa que la combustión interna más tradicional de los motores se asentarán y arrojarán carbono al aire.

Independientemente de este tiempo cambiante, la revolución del automóvil eléctrico está en un momento decisivo. Fabricantes como Volvo se están dedicando a ser totalmente eléctricos en sus motores, reduciendo las emisiones. Las objeciones a la producción de carbono se silenciarán en la próxima generación, por lo que las objeciones al alboroto de los automóviles en nuestras ciudades se volverán más estéticas y centradas en el estilo de vida.

Quienes viven durante el secuestro en las ciudades están universalmente deprimidos por todas las cosas que no pueden hacer: espectáculos, museos, cenas. Algunos simplemente se han ido para salir a lugares menos densos: los suburbios, un lugar donde los automóviles aún gobiernan las comunidades y la cultura. Los que alguna vez fueron orgullosos faros de la fe religiosa, las iglesias y otros lugares de culto, también están siendo abandonados. Pero mientras los edificios permanecen vacíos, las congregaciones todavía están conectadas, algunas incluso están creciendo a través de Internet. La sabiduría convencional es que Zoom y la transmisión en vivo son una solución temporal al brutal aislamiento de una pandemia, pero estas alternativas electrónicas pueden revivir la adoración que había visto una erosión total de la presencia en el edificio durante décadas.

¿Podría ser que, a pesar de la "calma del tráfico", esa misma dependencia de la vida virtual reducirá la necesidad y la viabilidad económica del transporte público? Si es así, ¿los automóviles, especialmente los eléctricos, serán nuevamente viables dentro de nuestras ciudades? Los diseñadores, una vez más, imaginarán formas de integrar autos silenciosos y sin emisiones en un tejido urbano que ha pasado dos generaciones enfocado en la eliminación del automóvil como denominador de gran parte de la vida urbana.

A menudo ocurren resultados inesperados que quizá impidan seguir nuestras motivaciones cuidadosamente elaboradas.

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Sobre este autor/a
Cita: Dickinson, Duo. "La religión de la ciudad: automóviles, transporte público y coronavirus" [The Religion of the City: Cars, Mass Transit and Coronavirus] 24 mar 2021. Plataforma Arquitectura. (Trad. Arellano, Mónica) Accedido el . <https://www.plataformaarquitectura.cl/cl/958693/la-religion-de-la-ciudad-automoviles-transporte-publico-y-coronavirus> ISSN 0719-8914

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